Confusión y Ordenación

 

Cuando algo hay confuso en el entorno o en la conciencia es necesario echar mano de la ordenación. Parece sencillo pero ordenar supone coger las piezas que andan revueltas, fuera de o dentro de nosotros y aclarar cómo encaja cada elemento con los demás. Esto significa saber la función de cada una de ellas y si es posible su naturaleza , para qué están ahí.

Cuando se quiere descifrar un mensaje codificado del que no se tiene la clave ni procedimiento informático para hacerlo, la primera evidencia clara, tras evidenciar que no entendemos nada, consiste en partir de la base de que los signos o letras no están ahí por azar y casualidad.

El cálculo de probabilidades que parece emplear como materia prima la casualidad, trata de contabilizar la frecuencia con el que se presentan los elementos del texto, o de las intensidades de las señales. Comprobar que hay letras o señales que se repiten con más frecuencia que otras les concede una jerarquía respecto de las demás.

Es una cuestión de cantidad, pero que indica un valor de función. Las letras se repiten más porque es necesario para el conjunto que se repitan más. No hay repeticiones por casualidad sino siempre según un cierto orden. También los silencios o ausencias pueden ser significativos y son elementos de nuestra interpretación.

Si el descodificador presupusiera que el texto es obra del puro azar y que carece de sentido, no descifraría nada.

En el Cosmos y en el ser humano, ocurre lo mismo. Si intentamos ordenar las cosas, la vida sale adelante, si renunciamos a ella, nuestras señales serán las que no precisan pensar sino solamente sentir. Lo inmediato, creemos no va cifrado y esto significa que nos guiamos del puro instinto y ordenamos el entorno como si fuéramos animales.

No lo somos y nuestra conciencia se resiste a caer en esta alternativa, a creer absurdamente que las cosas están ahí porque se han puesto casualmente y que carecen de significado alguno.

La negación de la inteligencia se niega a ordenar el mundo, a reconocer que está ordenado antes que llegáramos nosotros a él. La confusión es la factura que hemos de pagar por nuestra hazaña.