Encarnación y reencarnación

 

Armando Segura

Catedrático Emérito de Filosofía de la Universidad de Granada

 

 

Reconozco que a una gran masa de gente en los países “desarrollados”, no les preocupa la muerte pero sí el sufrimiento. El objetivo es incrementar los instantes felices y conseguir un dulce rematar el soplo de la vida.

No preocupa morir que queda reducido a un acto social y no es imposible que en el futuro se creen crematorios de bolsillo  para mayor comodidad de la familia. Una empresa creada ad hoc, recogería las urnas con lo que desaparecen cementerios y tanatorios.

Si el fin final es tan estúpido, la vida se banaliza. El nacer pierde todo interés. ¿Vale la pena nacer para conseguir unos pocos momentos felices?  La memoria pierde la secuencia, se detiene en un punto, un soplo de vapor, sin por qué ni para qué.

En la celebración del nacimiento de Jesucristo, parecen estas reflexiones fuera de contexto. No lo son tanto. Dios nace a los nueve meses de ser concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, el padre de Jesús, propiamente dicho.

En muchas culturas y religiones primitivas, vigentes, especialmente en Asía, la reencarnación o transmigración es de común aceptación. Se da por supuesto porque en este tomar el “yo” de cada uno, distintos cuerpos, se ve una especie de juicio universal en donde uno se reencarna en cuerpos viles, caso de haber obrado mal y en cuerpos más noble, si ha sido bueno.

Esa creencia tiene una ventaja añadida, a saber, se mantiene la identidad en todas las reencarnaciones, una inmortalidad que además ofrece la oportunidad de mejorar el pasado, en el presente, para asegurar el futuro.

Las reencarnaciones admiten una versión del pecado original en el “karma”, que representa el fardo de las vidas anteriores, deja un resquicio a la libertad por las buenas obras en el presente que es el espacio abierto de la libertad.

Tal creencia tiene una lógica y unos beneficios psicológicos importantes entre otros que establece una serie de referentes no desdeñables para la orientación en el mundo.

Cierto que hace muchos miles de años tenemos testimonios fósiles, de otra creencia sobre la vida después de la muerte, como una vida, también sujeta a juicio del pasado y que reserva buenas perspectivas para los buenos y otras menos felices para los malos. No sólo en Egipto cuyas instituciones estaban  fundamentadas en el culto a los muertos sino mucho antes en el Paleolítico, la gente enterraba a los suyos con vistas a la otra vida.

Son formas de adaptarse a la perenne presencia de la muerte, que no constituye una creencia sino una evidencia cartesiana. Así las creencias sobre la muerte, se orientan a asimilar una evidencia, difícil de aceptar.

En la tradición hebrea, la gente creía sobre todo en que Dios paga las buenas obras con la felicidad terrena. La creencia en la inmortalidad   o en la resurrección, aparecen después de la vuelta del Destierro de Babilonia, allá por principios del siglo V, a. de C.

Los judíos creían en un Mesías liberador, pero, salvo profetas excepcionales no imaginaban que Dios en persona iba a nacer en el vientre de una Virgen. Era una profecía referida al Mesías pero no era una creencia generalizada como pueden ser las anteriormente mencionadas.

Dios, en persona,  se encarna en Belén con una exclusiva finalidad: enterrar definitivamente el saldo de nuestras responsabilidades de nuestros delirios que nos hacen creer ser dioses dominadores de los demás. Ese endiosamiento delirante, es la atmósfera de la cultura posmoderna, el individualismo feroz, que no admite compromisos o vinculaciones salvo el narcisismo y la autolatría.

Nuestra imagen de Dios viene deformada por una interpretación política de la fe, según la que, un poder omnipotente es una proyección eminente de los grandes hombres de la historia, que en realidad son casi siempre criminales de lesa humanidad con muchos teloneros, bufones y juglares. No nos cabe en la cabeza de que la omnipotencia absoluta tenga como titular a un niño.

“De un niño es el reino”, decía Heráclito y ciertamente que esa es la verdad. Un niño al que los poderosos consideran, desde su nacimiento,  un rival, por ese equívoco permanente de pensar que la bondad es una ideología que esconde la ambición de poder.

Entre la creencia y la fe, existe una diferencia esencial. La creencia viene a ser una tradición cultural que se mantiene porque orienta. La fe no es un acto psicológico que  funciona si uno se convence de ella. La fe es fruto del encuentro personal con Jesús que se introduce en nuestra vida. Es una cuestión de vida y muerte.

Cuando Dios se presenta, personalmente, no promete tierra sino vida. Se acaban las reencarnaciones, las sombras del Hades, o la pura nada del nihilismo (todo para mí y que se hunda el mundo) Se liquida para siempre el infinito saldo, la deuda impagable del mal en este mundo y se ofrece que si crees en Dios, serás Dios. Ahora, la tierra prometida es Dios.

La oferta tiene truco. Si la propuesta no es aceptada, tú con tu dignidad, autonomía y personalidad te quedas lejos de Dios, de la vida “para quien todos están vivos”. Nadie te va a obligar. Está  garantizado.