Ratzinger, modelo de intelectual cristiano

 

Armando Segura

Catedrático de Filosofía de la Universidad de Granad

 

 

El Santo Padre, Benedicto XVI, por razón de su oficio, está situado ante el mundo como punto de mira y blanco de diana. Si esto  se da en el Papa no es tanto por razones mediáticas o sociológicas sino porque todo cristiano por el hecho de serlo y de ejercer de ello, es también y debe serlo en el contexto histórico actual alguien a quien se observa  con todo detalle, algunas veces para imitarlo y otras para afinar la puntería. 

El lado más fuerte del profesor Ratzinger, es precisamente ser un profesor, que según la costumbre germánica es persona rigurosa, bien informada, erudita y con capacidad de comunicar. Además, añade el Papa una profunda inteligencia siempre envuelta en caridad, en cariño sobrenatural. Es por tanto un buen profesional para empezar. Este es el aspecto que más debemos imitar  porque si un cristiano empieza por ser malo en su oficio, es un contraejemplo.

Su trayectoria vital sigue las pautas de toda vida humana. La juventud es ágil y vivaz, ávida de novedad, cambio y reforma. El contacto con la vida en toda su dureza, hace madurar, especialmente en un cristiano que, siendo hombre de fe -valga la redundancia- se encuentra “bailando entre lobos”. 

 En su autobiografía inicial, Benedicto XVI cuenta cómo quedó afectado por aquel ambiente de las facultades teológicas, Ratisbona, Tubinga, donde la manipulación ideológica al servicio de la política y en nombre de la libertad, situaba en la disidencia al que se atrevía a disentir.   

En sus últimas alocuciones, rememora la repugnancia que siente por la actitud de los que se sirven de Dios para su provecho personal. Esto nos enseña a los cristianos que no venimos al mundo para acaparar poder sino a dar la vida para que los demás la tengan: Ésta es la esencia misma del Cristianismo.

Otro aspecto propio de un intelectual cristiano es ser valiente en la afirmación de las verdades en que cree,  a la vez,  que respeta la libertad de opinión de los demás. Sólo así, es posible un diálogo honrado, en donde los interlocutores no “hacen el papel” sino que tratan de ver en el otro lo que puede enriquecernos, al mismo tiempo trata de comunicarle lo que la verdad le ha enseñado desde su interior. En este sentido, es paradigmático el diálogo con Habermas.

Ratzinger y su hermano, tocando el piano a cuatro manos, nos ofrecen la escena encantadora y familiar, llena de humanidad y ternura que son parte de su carácter: el encantador espectáculo de un hombre tímido, a quien las multitudes no le atraen y para quien su ideal es estar con sus libros, sus papeles y sus alumnos.

También debemos aprender del Papa,  los cristianos, y sobre todo los intelectuales, a trabajar a fondo, atentos a los problemas de la gente,   sin esperar que nos aplaudan o nos admiren. Esta exigencia no es una táctica teatral que tan bien saben hacer algunos políticos. Es una exigencia de la pureza, sin la cual no hay trabajo creativo posible. No cabe hablar en serio de lo verdadero mirando, ansiosamente,  al auditorio.

Ratzinger fue la sombra de Juan Pablo II y quien le suministraba potencia intelectual. Desde este punto de vista, su influencia, a partir del Concilio, ha sido creciente y desde su nombramiento para la Congregación de la Doctrina de la Fe, decisiva.

Ratzinger fue, en su momento, el ángel intelectual de la Iglesia durante más de treinta años. A   él se debe, la que quizás, es su mayor obra: El Catecismo de la Iglesia Católica cuyo nivel intelectual es único en siglos y al que la gente corriente, puede acceder a través del Compendio. Su manera de ser le lleva a trabajar en la sombra, sin que se note. Un intelectual humilde.

La vida corriente del profesor Ratzinger es el entramado sobre el que se edifica su coraje en las grandes ocasiones que, necesariamente, acosan a todo Pontífice. Cuando se es puro -o sea, verdadero- se es valiente en los momentos oportunos y no le han faltado desafíos cruciales.

Una breve enumeración de algunos de ellos, nos ayuda a recordar la envergadura de esos problemas y el valor que el Papa tuvo que echarles.   

La mano tendida a judíos y musulmanes no le impide, en Ratisbona, dejar bien claro con mucha elegancia, que con violencia, la causa de Dios, sale siempre perdiendo. La crisis de la pederastia, la lucha sorda en la Curia, el tráfico de documentación privada, donde se ha llegado a la mayor villanía. Sumemos, las rebeldías de los curas austriacos, las monjas estadounidenses y la ruptura de relaciones diplomáticas, nada menos que con Irlanda. En todos estos casos, el Papa, ha sido firme y hasta contundente, sin vacilaciones ni ambigüedades.

Por otro lado, ha tenido el amor de los jóvenes, admirados de que un hombre tan sabio les sea tan cercano: Dos millones de chicos y chicas de todo el mundo en la JMJ de Madrid, movimientos neocatecumenales que llegan  a los lugares más inesperados, fundando universidades en Cuba, China e Inglaterra, la floración de vocaciones en nuevas órdenes que reemplazan el desgaste de las antiguas, el crecimiento del Cristianismo en Asia y África.

Como “coda” final, la gran renuncia, caso único en siete siglos, en donde queda claro que al Papa, después de haber cumplido hasta el límite, vuelve a la soledad y al silencio de donde vino o de donde nunca salió.