Las estrellas no son de plata, son de fuego

 

Armando Segura

Catedrático de Filosofía de la Universidad de Granada

 

 

 

 

Los materialistas avispados dicen que debemos respetar las tradiciones, cultivarlas y fomentarlas. Así se acumulan sus figuras en los museos, se vacían las iglesias o ellas mismas se convierten en museos, hoteles y restaurantes. De ese modo  los jóvenes se percatan  del carácter fabuloso de esas fantasías y centran su atención en resolver los problemas “reales”, los que ahogan a las pobres gentes, los embrollos sociales y económicos. Concluyen: “El mito siempre fue la tapadera del poder”.

La estrella de Belén aparece en los hogares cristianos de medio mundo con su color de plata, de papel de plata, y tres figuras de barro representan a  los Magos siguiéndola hacia no se sabe dónde. En el monte, unos ángeles anuncian “una gran alegría” y en la gruta, una muchacha lleva al Niño arropado en pañales y lo pone en el pesebre, porque la noche es fría.

Como narración literaria, no está mal, dirán los espíritus críticos, aunque se han escrito cosas mejores. La gente sigue empeñada en estas leyendas porque la alegría, el que las estrellas se desplacen en el cielo, indicando caminos, el que una muchacha dé a luz entre los animales de una cueva y la silueta de los sabios con sus cofres y sus camellos, respira el aroma de vida y primavera.

En una familia rota, hablar de fidelidad, amor y compromiso, suena a broma pesada porque el contraste de lo que se cuenta y “lo que hay”, parece demostrar la falsedad del anuncio y la tragedia de la realidad tangible.

En el gran escenario del mundo donde sólo se oyen cantar los coros de las tragedia clásicas, ocurre algo semejante. Aparece un coro angélico anunciando una gran alegría. Suena a broma pesada, “con la que está cayendo!”…

Los mensajes se envían para ser entendidos, no para ser descifrados por intérpretes cabalísticos. Son relatos sencillos cuyo valor literario es secundario. Lo esencial es lo que anuncian, pero lo que anuncian sólo es entendido por quien lo quiere entender.

La gran alegría de la noticia no es el torrente de vitalidad, sonidos, ritmos, una alegría fisiológica a base de alcohol y estimulantes. Pasa el festival y en el mejor de los casos, queda basura, botellas, preservativos y una gran resaca. Hay que repetirla, porque para ablandar la resaca es necesario volver a “encontrar el punto” y repetir el círculo de éxtasis y depresión porque carece de significado.

Al materialista, al egoísta, no le interesa el significado porque todo signo lleva a salir de uno mismo, prescindir del propio interés y pensar en los otros. Claro, esto ya no es un mito. Hay que “tentarse la ropa porque vienen a por ti”.

La estrella es un signo que señala el camino, no un camino de mulas, una autopista o una carretera secundaria sino el camino hacia la vida. Los sabios, son sabios porque así lo comprenden y los cofres con sus dones son la muestra de que eso que nace del seno de María, tiene mayor valor que el mundo entero.

Si se anuncia la vida es que estamos muertos, porque a los vivos no tiene sentido hablarles de vida. Parecemos vivos pero no es verdad. Como animales de pasto, todavía estamos vivos pero para lo que hemos sido creados, para dioses y herederos, para eso, estamos muertos y el certificado de defunción, da fe de la causa: somos incapaces de creer y de amar.

El espíritu crítico, el análisis tiene su función y su lugar pero no puede emplearse con las personas como si fueran cosas. Analizar una persona es tarea del forense y de algunos intelectuales. Una persona, dice Nikai  Luhman, con toda razón, no es una estructura.

No creer y no querer creer, dicen, para “salvar la propia dignidad, libertad y autonomía”, es el mayor principio de incomunicación y de desestructuración social. A nivel individual, puede llamarse egoísmo y conduce a la paranoia. Nadie se fía de nadie. La vida es imposible. Ser incapaces de amar es no querer o no poder ya, sacrificarse. El amar se distingue del querer en que éste va tras la presa para apropiársela y el amar se deja la piel para que los demás sean felices.

Por eso la noticia es buena y es grande y la alegría está justificada. “En Belén de Judá os ha nacido un Redentor, el Mesías, el Señor”.

A estas alturas nadie puede dudar de que necesitamos que nos salven. ¿No nos deja esa creencia desarmados frente a los problemas reales del día a día? Todo lo contrario.

Los dioses van a por todas y los hijos de los dioses aun les superan. “Ir a por todas”, no tiene un sentido, político, económico, etc. sino eminentemente antropológico y moral. “Ir a por todas”, significa que hay un sentido, una dirección tal, como indica la estrella y que ese camino no es una herramienta técnica directa, para solucionar crisis , hambres y enfermedades, sino el requisito previo para que la razón se ponga en marcha y su ingeniero que es la voluntad, construya un mundo nuevo.

La estrella parece de plata pero es de fuego.