¿Se puede elegir la vocación?

 

 

Armando Segura

Catedrático Emérito de Filosofía de la Universidad de Granada

 

 

Responder a esa pregunta presenta tres dificultades:

En la sociedad en la que vivimos, emocionalmente democrática, nadie se atreve a poner en duda la capacidad de poder elegir, sea lo que fuere.    

Pero,  ¿Es eso verdad?

Una respuesta tan universal y necesaria se enfrenta con la realidad mostrenca.  ¿No será una creencia trampa o un brindis al sol? Es más bien, un aviso de que no se deben dar respuestas genéricas y simples a problemas, en los que se juega no una estructura, una institución o un país, sino una persona, cada uno en su caso.

La experiencia pronto enseña que  se puede elegir un pequeño segmento del futuro, en el mejor de los casos. Más aún: muchos tienen la sensación de que no pueden elegir, que están cazados por la vida, siendo un eslabón más, de la cadena social en donde te excluyen cuando te desgastas.

Una tercera dificultad estriba en si cabe elegir una vocación, una “llamada”. ¿No es un contrasentido,  poder elegir que a uno le llamen?

Hay tres modalidades de vocación: la que se encuentra uno hecha, antes de elegir. Ser discapacitado es una vocación.

Otra modalidad, surge de un sentimiento interior que reclama de la persona la dedicación, de por vida, a la realización de la “llamada”.

Una tercera, es la del que tiene la vivencia  de una necesidad objetiva y perentoria, que no brota de su interior sino de las necesidades vitales  de la gente.

En el lugar que uno ocupa en la vida inciden muchas líneas de fuerza que no dependen de nosotros. Incluso quien elige el camino que le atrae, tendrá que superar muchos obstáculos que le pondrán a prueba y le harán dudar. Hay que tener el valor de recomenzar constantemente, dado lo valioso del objetivo.

De lo dicho se desprende que una vocación consiste en hacer lo que uno elije por gusto o en conseguir que le guste lo que no ha elegido. En ambos casos, el gusto se eleva a “deber”, tarea, oficio.

Hay otra modalidad marginal de estar en el mundo: la “falta de vocación y la carencia de sentido” en la que hoy se incluye una franja muy amplia de población juvenil y menos juvenil, para la que no hay pasado ni futuro, ni trabajo ni estudio. No sienten ninguna llamada y su obsesión es exprimir los modestos goces del presente, que en la mayor parte de los casos, serán menguados, algo de sexo, un porro, alcohol, un deporte poco caro, o la queja global, por lo mal que está el mundo.

Esta última manera de estar en la vida, es, obviamente, la más penosa, para quien la sufre y para la sociedad. El par de desgracias, paro/ queja, sugiere una baja autoestima que bloquean la capacidad personal. Hay que convencerse de que el capital lo lleva uno puesto. La energía personal es la que crea estructuras.

¿Cómo averiguar, qué vocación tiene uno?  

Hay dos opciones: decidir  una existencia por y para el placer u otra, por un ideal. Hasta que uno no se da cuenta de que el mayor placer es realizar un ideal, hace del placer inmediato y fácil, su meta única y obsesiva. Esta actitud cierra el futuro con varios cerrojos.

Estoy convencido de que la felicidad consiste en la marcha a la caza del ideal. Un ideal es siempre algo por hacer, un lienzo vacío. Una realización de actividades que nadie las hará por ti: educar personas, inventar, descubrir, hacer reír a los demás, curar, crear belleza, montar una familia y verse en los hijos.  Y todo ello, “a tu manera”. El ideal está por hacer, o sea, no existe todavía. Enfrentarse con la nada, como ya lo hizo Dios, es la tarea que requiere mayor valor, más fe.  

De todos modos el ideal lleva su propio combustible y el motor capaz de hacer fácil lo difícil, porque lo esencial, si se quiere ser hombre o mujer cabales, es el ideal de futuro que palpita, en cada uno, cuando no está cegado por la cómoda facilidad y el peso del placer.

La vida feliz se alcanza cuando no se busca directamente, sino cuando se cumple con la ruta elegida. Al final del camino se echa una mirada al pasado y se tiene la evidencia de que “todo encaja”, de que ha valido la pena.  La felicidad lleva siempre retrovisor.

 En esa memoria del pasado, suele haber algunos o muchos acontecimientos desagradables, funestos o incluso, trágicos. Hay fracasos y retrocesos. Es desde el presente desde donde se valora el pasado. La fidelidad presente, desde la que se criba el pasado, lo colorea de felicidad. Esto es, en parte, la razón de la eficacia de la fe.  El fin no justifica los medios pero los redime.

Una educación basada en aprender habilidades en un momento en que nadie las demanda, alerta de que debe tomarse el camino opuesto a la simple instrucción: Fomentar los ideales, por los que uno se sacrifica, formar la personalidad de los jóvenes y mostrar que, la lucha por lo más alto, no tiene pérdida. Que se consiga o no, importa menos porque la llamada (y la felicidad)  no consiste en triunfar sino para servir en aquello para lo que se siente llamado. En el retrovisor se evidencia que todo ha ido bien.